El Vendedor de Sueños…(Video)

El Vendedor de Sueños…
Existe un ser que vive del tráfico de sueños. Él sabe muy bien que una de las cosas que más les gusta a las personas es soñar, y de eso vive. Pero este tipo no lo hace sólo por sobrevivir, sino que lo hace por miedo, porque él mismo es un sueño.
Lo conozco desde muy pequeño. Se me acercó un día que me encontraba solo en mi casa. Yo no tendría más de siete años, y jugaba con un muñeco que no tenía brazos ni cabeza, pero que era mi preferido (no era más que unas piernas con un pedazo de torso); de repente, me invadió la mente y me dijo “por qué no le pones un nombre a tu muñeco”, y yo pensé que era la mejor idea que a alguien se le podía ocurrir. Los siguientes días no pensaba en otra cosa que buscar el nombre perfecto para mi muñeco; buscaba nombres, apellidos, e incluso quería que mi muñeco tuviera una fecha y lugar de nacimiento, que tuviera padres, una familia, una profesión, y toda una historia a su alrededor. Aún recuerdo que mi historia mejor lograda era una en que mi muñeco escapaba de los malos tirándose al mar, y navegaba en lo profundo y encontraba una escotilla y se sumergía por ella de tal forma que el agua no atravesaba la escotilla, luego entraba por un laberinto bajo la superficie de la profundidad del mar y llegaba hasta el centro de la tierra y seguía con el mismo laberinto hasta que salía en el mar australiano ¡¿Excelente forma de escapar, no?!
Y así eran mis alucinaciones. El vendedor de sueños me dijo que él visitaba a todas las personas, pero que los que más aceptaban lo que vendía eran los niños. Y también me dijo que de todos sus clientes me prefería a mí, porque yo me concentraba mucho en los sueños que él me vendía. Yo me preguntana cómo hacían los niños para sacar plata para pagar por esos sueños, y entonces caí en la cuenta de que yo tampoco tenía plata para pagar los sueños que él me estaba dando, pero me quedé satisfecho al pensar que quizá él me los estaba dando gratuitamente, sino no me hubiera elogiado de esa forma.
Y así pasaron los años, y él siempre me visitaba a menudo para ofrecerme “gratuitamente” sus sueños. Y yo los consumía cada vez que podía, mientras leía algún libro, mientras estaba e clases, o reuniones. Y debo reconocer que cuando estaba solo me enfrascaba a tal punto en esos sueños que me olvidaba completamente de la realidad, y siempre llegaba tarde a donde tuviera que ir, o perdía horas valiosísimas de estudio por andar en mis sueños. Además, cuando fui misionero también andaba enfrascado en mis sueños; mis compañeros compartías sus mensajes mientras yo permanecía sentado al lado con la vista fija en nuestro investigador pero con la mente volando a miles de kilómetros de ahí. Hasta que uno de los dos (mi compañero o el investigador) percibía que no era el punto en el techo lo que miraba mi retina, sino que miraba hacia adentro, hacia ese infinito inconmesurable en que se había convertido mi mente. Y debo admitir, que eso no estuvo bien. Pero el vendedor de sueños estaba recontra feliz, ya ni siquiera tenía que visitarme porque tal era la provisión de sueños que tenía a cuestas que no eran necesarias tantas visitas.
Pero una vez, otro Vendedor de sueños me visitó, fue en julio del 2003. Reconocí inmediatamente que no era mi vendedor habitual, pues en el sueño que Él me dio, yo no podía navegar libremente, no podía ponerle nombre a los personajes, ni nada: no tenía control sobre el sueño. En ese sueño estaba yo, y sabía que ya había acabado mi tiempo en la vida pues me encontraba frente a quien tenía que rendir cuentas. Ese sueño fue tan real, que aún permanece vívido en mí lo que sentí al presentarme ante ese Ser. Él no me dijo nada, ni yo, pero bastó sólo su mirada para que yo sienta un malestar sentimental muy profundo; no porque haya hecho algo malo, sino porque estaba dejando que la vida se me fuera sin hacer nada de lo que debería haber hecho. Esa mañana me levanté con el sentimiento vivo en mi pecho y mientras tomaba una ducha me propuse dar lo mejor de mí. Claro, al día siguiente fui el mismo tipo de siempre: enfrascado en sus sueños cada vez que podía. Pero, era diferente, pues ya lo sabía.
Hoy volví a soñar. El vendedor de sueños aún me visita, pero ya no lo trato con la cordialidad de antes. Me sigue contando que tiene muchos niños que son sus clientes, pero ahora me confiesa con lágrimas en los ojos que cada vez son menos niños los que aceptan sus sueños. Le pregunto que por qué eso le afecta tanto, si total él no los daba por sobrevivir sino “gratuitamente”, y entonces me termina de confesar de que él vive de los sueños, porque cuando el da los sueños las personas pierden tiempo, y él lo toma, y puede sobrevivir tanto tiempo como el que ha tomado. Recién ahí entendí que él ha vivido quitándome tiempo a cambio de sueño, y él está viviendo el tiempo que yo debía haber vivido. Y él no puede devolverlo pues ya lo ha consumido.
Le recrimino que por qué no me dijo desde el comienzo que me estaba quitando tiempo. Y él me contesta sabiamente, propio de alguien que tiene mucho tiempo en estos negocios. “Los niños necesitan de sueños, necesitan desarrollar su imaginación; para ellos la realidad es algo que van descubriendo poco a poco, y hasta que no la descubren completamente la imaginan. Ellos no saben que están imaginando, ellos piensan que están tomando las cosas muy en serio. Pero cuando van creciendo y van descubriendo la realidad van dejando de soñar e imaginar, pues ya conocen la realidad. Pero hay algunos niños que se quedan en el primer estado, y que a pesar de que van creciendo y van conociendo la realidad prefieren quedarse viviendo sus sueños, pues la realidad no les gusta. Estos niños son especiales, pues siempre mantienen la imaginación, siempre gozan de esa catarsis que tanto anhela el resto. Las personas se refugian en ellos para liberar sus tensiones. Pero a veces, se les va la vida en eso, pues no viven la realidad. Tú eres uno de ellos”
Medito en el asunto y siento que la vida se me está yendo en andar soñando. Así que opto por el equilibrio, pues hay muchas personas que no han “crecido” y siguen soñando, pero a veces sus intenciones no son buenas. El vendedor de sueños no resultó ser tan malo como yo pensaba, pero tiene una labor poco popular. Lo que es yo empezaré a vivir más en el mundo y cada vez que me enfrasque en mis sueños, se los contaré… para que se entretengan y olviden sus preocupaciones por un rato, así como cuando yo me olvido de las mías cuando leo los sueños e imaginaciones de otros. Porque al fin y al cabo, las cosas que tenemos las tenemos como producto de los sueños e imaginación de otros, ¿o no?
Existe un ser que vive del tráfico de sueños. Él sabe muy bien que una de las cosas que más les gusta a las personas es soñar, y de eso vive. Pero este tipo no lo hace sólo por sobrevivir, sino que lo hace por miedo, porque él mismo es un sueño.
Lo conozco desde muy pequeño. Se me acercó un día que me encontraba solo en mi casa. Yo no tendría más de siete años, y jugaba con un muñeco que no tenía brazos ni cabeza, pero que era mi preferido (no era más que unas piernas con un pedazo de torso); de repente, me invadió la mente y me dijo “por qué no le pones un nombre a tu muñeco”, y yo pensé que era la mejor idea que a alguien se le podía ocurrir. Los siguientes días no pensaba en otra cosa que buscar el nombre perfecto para mi muñeco; buscaba nombres, apellidos, e incluso quería que mi muñeco tuviera una fecha y lugar de nacimiento, que tuviera padres, una familia, una profesión, y toda una historia a su alrededor. Aún recuerdo que mi historia mejor lograda era una en que mi muñeco escapaba de los malos tirándose al mar, y navegaba en lo profundo y encontraba una escotilla y se sumergía por ella de tal forma que el agua no atravesaba la escotilla, luego entraba por un laberinto bajo la superficie de la profundidad del mar y llegaba hasta el centro de la tierra y seguía con el mismo laberinto hasta que salía en el mar australiano ¡¿Excelente forma de escapar, no?!
Y así eran mis alucinaciones. El vendedor de sueños me dijo que él visitaba a todas las personas, pero que los que más aceptaban lo que vendía eran los niños. Y también me dijo que de todos sus clientes me prefería a mí, porque yo me concentraba mucho en los sueños que él me vendía. Yo me preguntana cómo hacían los niños para sacar plata para pagar por esos sueños, y entonces caí en la cuenta de que yo tampoco tenía plata para pagar los sueños que él me estaba dando, pero me quedé satisfecho al pensar que quizá él me los estaba dando gratuitamente, sino no me hubiera elogiado de esa forma.
Y así pasaron los años, y él siempre me visitaba a menudo para ofrecerme “gratuitamente” sus sueños. Y yo los consumía cada vez que podía, mientras leía algún libro, mientras estaba e clases, o reuniones. Y debo reconocer que cuando estaba solo me enfrascaba a tal punto en esos sueños que me olvidaba completamente de la realidad, y siempre llegaba tarde a donde tuviera que ir, o perdía horas valiosísimas de estudio por andar en mis sueños. Además, cuando fui misionero también andaba enfrascado en mis sueños; mis compañeros compartías sus mensajes mientras yo permanecía sentado al lado con la vista fija en nuestro investigador pero con la mente volando a miles de kilómetros de ahí. Hasta que uno de los dos (mi compañero o el investigador) percibía que no era el punto en el techo lo que miraba mi retina, sino que miraba hacia adentro, hacia ese infinito inconmesurable en que se había convertido mi mente. Y debo admitir, que eso no estuvo bien. Pero el vendedor de sueños estaba recontra feliz, ya ni siquiera tenía que visitarme porque tal era la provisión de sueños que tenía a cuestas que no eran necesarias tantas visitas.
Pero una vez, otro Vendedor de sueños me visitó, fue en julio del 2003. Reconocí inmediatamente que no era mi vendedor habitual, pues en el sueño que Él me dio, yo no podía navegar libremente, no podía ponerle nombre a los personajes, ni nada: no tenía control sobre el sueño. En ese sueño estaba yo, y sabía que ya había acabado mi tiempo en la vida pues me encontraba frente a quien tenía que rendir cuentas. Ese sueño fue tan real, que aún permanece vívido en mí lo que sentí al presentarme ante ese Ser. Él no me dijo nada, ni yo, pero bastó sólo su mirada para que yo sienta un malestar sentimental muy profundo; no porque haya hecho algo malo, sino porque estaba dejando que la vida se me fuera sin hacer nada de lo que debería haber hecho. Esa mañana me levanté con el sentimiento vivo en mi pecho y mientras tomaba una ducha me propuse dar lo mejor de mí. Claro, al día siguiente fui el mismo tipo de siempre: enfrascado en sus sueños cada vez que podía. Pero, era diferente, pues ya lo sabía.
Hoy volví a soñar. El vendedor de sueños aún me visita, pero ya no lo trato con la cordialidad de antes. Me sigue contando que tiene muchos niños que son sus clientes, pero ahora me confiesa con lágrimas en los ojos que cada vez son menos niños los que aceptan sus sueños. Le pregunto que por qué eso le afecta tanto, si total él no los daba por sobrevivir sino “gratuitamente”, y entonces me termina de confesar de que él vive de los sueños, porque cuando el da los sueños las personas pierden tiempo, y él lo toma, y puede sobrevivir tanto tiempo como el que ha tomado. Recién ahí entendí que él ha vivido quitándome tiempo a cambio de sueño, y él está viviendo el tiempo que yo debía haber vivido. Y él no puede devolverlo pues ya lo ha consumido.
Le recrimino que por qué no me dijo desde el comienzo que me estaba quitando tiempo. Y él me contesta sabiamente, propio de alguien que tiene mucho tiempo en estos negocios. “Los niños necesitan de sueños, necesitan desarrollar su imaginación; para ellos la realidad es algo que van descubriendo poco a poco, y hasta que no la descubren completamente la imaginan. Ellos no saben que están imaginando, ellos piensan que están tomando las cosas muy en serio. Pero cuando van creciendo y van descubriendo la realidad van dejando de soñar e imaginar, pues ya conocen la realidad. Pero hay algunos niños que se quedan en el primer estado, y que a pesar de que van creciendo y van conociendo la realidad prefieren quedarse viviendo sus sueños, pues la realidad no les gusta. Estos niños son especiales, pues siempre mantienen la imaginación, siempre gozan de esa catarsis que tanto anhela el resto. Las personas se refugian en ellos para liberar sus tensiones. Pero a veces, se les va la vida en eso, pues no viven la realidad. Tú eres uno de ellos”
Medito en el asunto y siento que la vida se me está yendo en andar soñando. Así que opto por el equilibrio, pues hay muchas personas que no han “crecido” y siguen soñando, pero a veces sus intenciones no son buenas. El vendedor de sueños no resultó ser tan malo como yo pensaba, pero tiene una labor poco popular. Lo que es yo empezaré a vivir más en el mundo y cada vez que me enfrasque en mis sueños, se los contaré… para que se entretengan y olviden sus preocupaciones por un rato, así como cuando yo me olvido de las mías cuando leo los sueños e imaginaciones de otros. Porque al fin y al cabo, las cosas que tenemos las tenemos como producto de los sueños e imaginación de otros, ¿o no?

















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